
La de orinar en lugares públicos es una práctica despreciable. Sólo se compara a la de la impuntualidad, a la de nunca confirmar invitaciones y a la de no responder directamente a preguntas directas. La de mear es tan desagradable como la de sonarse la nariz con la mano y tirar los mocos al suelo, o a una pared.
He aquí a dos meones en la Calle Real de la Villa de Guadalupe.






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