Más tarde, en la universidad, conocí a dos profesores que eran infames por ejercer el terrorismo psicológico sobre sus estudiantes, especialmente mujeres; y a otro que daba su clase mientras miraba fijamente los pechos de una compañera. También conocí a otro que, al nomás entrar al aula, sacaba un billete y se lo daba a la primera estudiante que encontraba, con la siguiente instrucción: ¡Negro y sin azúcar!
Eso es lo más cerca que estuve de maestros abusadores; y las historias vienen al caso porque hoy leo que, entre dos y tres de cada diez denuncias de abusos de menores involucran a educadores.






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