Matalo con una escopeta;
y si no revienta el cartucho,
pégale con una chancleta.
Así decía una canción que cantaba mi padre; y de eso me acordé hoy que Maurilio andaba por mi oficina con uno de esos bichos.
A mí, los arácnidos me ponen la carne de gallina, y aunque realmente no los veo con frecuencia, siempre me inquieta saber que andan por ahí.
Durante un muy breve período de mi niñez, vivía con mis padres y mi hermano en una casa rodeada por cafetales. Tan campestre que más de una vaca pastaba en el jardín de la casa. Esa vida bucólica no hubiera estado mal si mi madre, como cuenta, no hubiera tenido que registrar los closets semanalmente para buscar alacranes; y si no hubiera ocurrido que arañas gigantes se pasearan por la cuna de mi hermano, y que una culebra hubiera hecho su ingreso a la sala.
Eso desanimó a mis padres que nos llevaron a la ciudad.






0 comentarios:
Publicar un comentario